Hace tres años, EEUU acusó a Rusia de interferir en la política del país. Ahora es EEUU quien hace justo lo que entonces criticaba, pero en Venezuela, reconociendo a Juan Guaidó como el presidente de los venezolanos. Desde hace más de un siglo, EEUU ha tratado de hacer lo que sea para influir en los resultados electorales de muchos países para provocar cambios de régimen. Haití, Honduras o Ucrania son algunos de los casos más sonados de los últimos años. La excusa siempre ha sido la misma: derrotar a un dirigente político, más o menos tirano, y relegar la legalidad internacional a los libros. El registro es largo y oscuro, marcado por casos bien conocidos como Guatemala e Irán a principios de los 50 o en Chile y Nicaragua en los 70 y 80. Durante la Guerra Fría, EEUU intervino ilegítimamente en numerosos países, intentando que se alcanzaran en las elecciones resultados favorables a los candidatos de EEUU y sacando del poder a los líderes hostiles a la seguridad e intereses económicos de Washington.

Ya en febrero de 1939, Winston Churchill escribió un artículo llamado ‘Esperanza en España’ sobre la no injerencia extranjera en los asuntos internos de un país. Nuestro embajador ante la Sociedad de Naciones, Salvador de Madariaga, advirtió entonces a las potencias extranjeras que se cuidaran de no prolongar la agonía del pueblo español convirtiendo al país en una plaza de toros para enfrentar la ideología comunista y fascista a expensas de España. Un proceso similar al que se vive respecto a Venezuela. No me gusta Maduro ni me gustó Chávez, no me gustan los tiranos ni quien pisotea los derechos humanos de su propio pueblo. Estoy con la democracia y aborrezco a los dictadores, pero no me gusta cuando la democracia se pretende imponer a la fuerza y se quiere teledirigir desde fuera del marco de la ONU un proceso de transición, porque la historia nos ha enseñado que está condenada al fracaso. Y así ha sido siempre. La democracia no puede lograrse por decreto.

La diplomacia pro-democrática que persigue EEUU desde la Guerra Fría y más recientemente la UE para modelar la dirección política de ciertos países pensando que así será favorable a la seguridad y a sus intereses económicos sólo exacerba las divisiones sociopolíticas, favorece candidatos determinados e incluso pone bajo sospecha la integridad del nuevo proceso electoral. Un exceso de intervencionismo podría conducir a mayores problemas y resentimientos. El autoritarismo en el gobierno de Venezuela no llegará a su fin hasta que no haya un importante sector del gobierno que perciba que un cambio es necesario.

Reconocer a Guaidó como presidente legítimo del país no soluciona nada y puede ahondar la brecha que hay actualmente en el país latinoamericano polarizando la sociedad sin un plan para el día después. Ese es uno de los grandes errores que se suele cometer. Aprender a partir de la experiencia es una destreza que pocas veces los políticos practican. Hace unos años el entonces presidente de EE. UU. Barack Obama dijo que el presidente sirio Bashar al-Asad debía irse y ordenó una operación encubierta para derrocar al presidente sirio. Lo que vino después es de sobra conocido: cientos de miles de muertos, oxígeno a los yihadistas del Estado Islámico y la huida de millones de refugiados. Conviene ahora plantearse si lo que queremos es ayudar a Venezuela o prender la mecha de un polvorín que pueda estallar en cuestión de días, donde la crisis humanitaria se convierta en una verdadera tragedia. La desestabilización de una región vuelve a estar en juego.

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