Hablar de la Constitución es hablar de libertad. Se cumplen 40 años desde que se aprobó el texto constitucional, el tránsito de la dictadura a la libertad, “de la ley a la ley”, como se catalogó en su día con el máximo acierto, con la máxima sensibilidad. Se instituyó entonces una obra de arte jurídica y legislativa dirigida por Adolfo Suárez: traer la Democracia desde el régimen pero desmantelando a su vez el régimen. Ahí es nada.

No corren tiempos en los que deba prodigarse la hipérbole como figura dirigida a las acciones y decisiones de nuestra clase política. Pero el hecho es que sí vale la pena levantar un reconocimiento a quienes lo merecen: a los hombres de altura. Porque el germen de nuestra Constitución está ya en la Ley para la Reforma Política aprobada un 18 de noviembre de 1976, un hito inapelable. En efecto, el texto que hoy miramos (los más) con admiración es un monumento a los equilibrios, al consenso, al diálogo, al entendimiento; y todo ello como base del progreso y la prosperidad: la pluralidad desde la diferencia, algo que no debería perderse jamás.

Al contrario: debería reinvidicarse sin tregua y sin fisuras, sin complejos y sin reservas. ¿Por qué? Es simple. España ha vivido los mayores años de crecimiento económico y social de su historia, y esto no ha sido fruto de la suerte sino del marco constitucional, que establecía los ingredientes necesarios para la entrada en la Comunidad Económica Europea (CEE), en la OTAN… para ir derribando muros y abriendo puertas. Era el anhelo puro y auténtico por recuperar el brío y dejar atrás el ostracismo, el recelo o, peor, el aislamiento. Y aún así, hoy vemos con tristeza como diferentes grupos políticos, olvidando el consenso del 78, deciden confortar nuevamente a la sociedad española (la gresca, cuando no el odio, de los unos contra los otros). Eso, después de haber cerrado las heridas y enterrar los fantasmas del pasado. El guerracivilismo: la derecha estigmatizada y la izquierda tirando de manual populista

¿Qué sentido tiene en un mundo globalizado y con unas generaciones que nacieron con todo lo bueno dado? Los pueblos que olvidan su pasado están abocados a repetirlo. Así, nuestra Constitución no sólo no se debe saltar, tampoco podemos olvidarla. No reformarla porque sí, gratuitamente, inmotivadamente, por puro capricho, al albur de modas o no se sabe qué. Urge un debate serio, de rigor, reconociendo nuestras fortalezas sin tintes ideológicos y analizando las debilidades que nos han traído hasta aquí. Miremos a un CGPJ politizado, a leyes que vulneran los derechos fundamentales como la igualdad o la libertad. ¿O acaso tenemos hoy todos los españoles los mismos derechos en el territorio nacional? Miremos y atendamos a Suárez, con el horizonte puesto en la Constitución, faro que nos trajo la libertad; y tracemos el camino del futuro, como una vez hicimos, por nuestro país, nuestros hijos y nuestros nietos.

*Por Teresa Freixes.

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